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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Cambian los nombres, los ritos permanecen

Ha sido una sensación extraña, hoy al despertar he sentido como las puertas de mi libertad eran abiertas, como una bocanada de aire fresco llenaba mis pulmones, despejaba mi mente a la vez que me serenaba. Sí, hoy era otro día en los cuales mi mundo exterior se mezclaba con el fabricado en mi mente, plegándose y replegándose, formando una entramada maraña de sensaciones, de situaciones, simplemente imposibles, más allá de esta parcela del cuerpo y de este momento en el tiempo.


Cuando escuché los últimos pitidos del minutero de mi reloj, me vi transportado a un mundo antiguo, soleado, el cual olía a salitre, en el cual el viento te susurraba secretos al oído, un mundo donde los dioses jugaban con el azaroso destino de los humanos y donde estos intentaban librarse de su yugo de todas las formas posibles y de entre todas ellas, yo fui a parar a la más ancestral y honorable de todas, la sangre y la arena..


Sin saber como y mucho menos atreverme a preguntarlo, pronto descubrí que no me encontraba en mi cama, la que abandoné a cientos de kilómetros, cientos de años en el futuro. Sentía el peso en mis muñecas, en mis tobillos, no era otro que el peso de la esclavitud, sentía el frío del acero y esto me hacía tomar consciencia de que estaba en un mundo real, pues, ¿ De qué servía qué mi mente supiese qué todo lo que me rodeaba era producto de ella misma, si yo podía sentir en mi cuerpo todas las sensaciones qué este era capaz de experimentar?


A golpes nos hicieron desfilar por el mercado, yo estaba exhausto de mi viaje, me movía torpemente, lo que me convirtió en el objetivo de todos los latigazos, abría mi boca de forma exagerada intentando aspirar todo el aire posible, conseguir reponerme rápidamente y con cada bocanada de aire, no solo recobraba la cons

ciencia, no solo me iba irguiendo más y más, sino, que mis sentidos que antes estaban saturados, empezaban a ser capaces de reconocer y reconstruir su ambiente, mi olfato empezó a distinguir, clavo, laurel, menta, el fuerte olor del pescado, del sudor, mis oídos se liberaron, descubriendo así el sonido agudo del martillo al golpear el metal candente, el resoplar de los caballos, el hablar de la muchedumbre, los pasos de los centinelas, poco a poco el mundo que me rodeaba iba contándome, que era lo que sucedía, cuando ya fui capaz de seguir el paso de mis compañeros, noté la textura de la arena inundando mi boca, sentí su áspero y amargo sabor, ese era el sabor del suelo que pisaban mis pies, el sabor no solo de la arena, sino de las batallas que en esta se libraron, de los gritos que muchos lanzaron, era el sabor a la sangre, la sangre de los caídos y de los victoriosos...


Y de repente, todo cesó, la muchedumbre, los pasos, los caballos, el herrero, nadie se atrevía a hablar, el sabor de la arena se había ido, era como si en un caprichoso juego los dioses hubiesen detenido el tiempo, ¿Pero cuál? ¿ El mío? ¿El de los demás? ¿El del mundo?, una ronca, envejecida y potente voz rompe este estado de paz, no consigo entender lo que dice, fuerzo mi oído hasta el punto de darme cuenta que no es problema de no oírle, sino simplemente de no entenderle, en un último intento por ver que es lo que ocurre, hago acopio de mis fuerzas e intento abrir los ojos, en un lento proceso la luz va llenando la oscuridad en la que vivía sumergido, la voz empieza a tomar color blanco, rojo, empieza a tomar forma, sé por lo poco que he visto que se encuentra frente a mí, alejada, pero frente a mí, giro la cabeza y me veo atado a otros, no se sí son hombres o mujeres, pues no consigo distinguirlos, todo esta en silencio y de repente estalla el clamor, miles de voces se suman a esa oda, a la libertad del alma, todos gritan, la mayoría sin saber por qué supongo, los busco desesperadamente, pero no los puedo encontrar, el sol me ciega, y las voces surgen de todas las direcciones, tienen en sí una mezcla de emoción, euforia, ira, rabia, deseo, venganza, son gritos, son susurros, son golpes.... el sol me ciega, me siento desorientado, noto como caen los grilletes, como cesa el peso de mis pies, rápidamente me froto los ojos, los cierro, los abro, me los vuelvo a frotar y todo cobra sentido.

El primer golpe lo esquivé de pura suerte y la verdad no esperé a que llegase un segundo, pues no creía que ¿? estuviese de mi lado otra vez, ¿Pero quién era ¿?? ¿Por qué había pensado en ella? Hice acopio de las pocas fuerzas que tenía y me arrastré hasta un rincón, pegué mi espalda a la dura , húmeda y fría piedra, todo cobró sentido.

La sangre llenaba la arena, las espadas cortaban certeramente la carne, mutilaban cuerpos, desgarraban la piel, los gladiadores sudaban, jadeaban, la furia llenaba sus ojos, tanteaban al enemigo, sentían la arena como propia, pues en ella encontraban su vida, y si fracasaban la entregarían. Por suerte pasé desapercibido para las seis moles que habían comenzado ya una batalla titánica, de espada y escudo, tridente y lanza, malla y yelmo, pero no eran estos los únicos que captaban mi atención, pues los gritos, los golpes el sentido ruido venía del público.


En las gradas con cada corte, a cada gota derramada, una fuerza estallaba, los hombres se levantaban, golpeaban con manos y pies, gritaban, no podía entender las palabras, pero la fuerza, la agresividad que transmitía me hacía estremecerme, sentir un escalofrío, pues esto es lo que me hace preguntar si los titanes estaban en la arena o en las gradas. Por otro lado, frente a la agresividad de los hombres, las mujeres entraban en el éxtasis, se sacaban los pechos, se soltaban el cabello, gritaban, movían sus cuerpos al ritmo de la muchedumbre, pues en ese momento todos eran uno, todos se movían al unísono, descargaban con toda libertad, las sensaciones más primitivas que en el ocio elegante de una recién nacida República, no permitía en la vida pública, los besos, abrazos y demás actos sexuales se ven motivados por la sangre, por el morbo, por competir por la vida.

No podía apartar la vista, el asombro, la incomprensión y llegados a un punto la aberración, me tenían hipnotizado, es cierto que poco a poco me veía excitado, me estaba contagiando, el calor de la sangre recorriendo mi cuerpo, no solo subió a mis mejillas, sino que se expandió por todo mi cuerpo, mis brazos laxos en el principio se tensaron y recobraron la fuerza, mi pecho se elevó, mi respiración se iba acelerando poco a poco por la emoción, solo quedaban tres titanes, cansados, sangrantes, exhaustos, poco a poco tensé mis piernas, la fuerza me recorría, todo yo era excitación, en mi bajo vientre note la última marca de esto. El público no se había quedado atrás, estaban fundidos en besos profundos, abrazos lascivos, semidesnudos, las prendas finas dejaban transparentar las partes más sagradas del cuerpo, estaban sudando, hacía mucho calor, demasiado, pero no importaba, había llegado el clímax, en la arena solo quedaban dos, era el momento decisivo, todos los ojos estaban pendientes de la arena, seguían los movimientos de la espada y el mangual, el golpe en el escudo, la patada al vientre, la caída del titán, él otro que salta con su colosal figura encima, y le asesta el golpe de gracia.

Euforia, orgasmo, estallido en las gradas, todos gritan, todos se mueven y yo me sumo, grito con todas mis fuerzas, con toda mi emoción, salto me agito, pierdo la voz, toda la fuerza que estaba concentrada en mi cuerpo sale de forma torrencial, no la importa nada quien me escuche, no me importa nada ni nadie, me he sumado a la muchedumbre, formo parte de ellos, ¿Qué más da que pierda toda mi razón de ser, sí me he sumado a ellos?¿Si hablo su mismo idioma?¿Me siento aceptado?¿Me siento uno más?. Esa fue la primera vez que canté un gol en un partido de fútbol, una pena que fuese del equipo contrario al que yo supuestamente había ido a apoyar, pero bueno, otra vez será.


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